Hay gobiernos que son víctimas de las circunstancias, otros que heredan problemas estructurales y algunos que, teniendo la oportunidad histórica de corregir el rumbo, terminan agravando aquello que prometieron resolver.

Oaxaca parece transitar por este último escenario. Mientras el discurso oficial insiste en vender la imagen de un estado que avanza hacia la transformación, basta cruzar la puerta del Hospital General “Dr. Aurelio Valdivieso” para descubrir que la propaganda gubernamental se estrella contra una realidad que duele, indigna y exhibe el enorme divorcio entre el lenguaje del poder y la vida cotidiana de miles de ciudadanos que sólo buscan atención médica.

La política tiene una virtud y una desgracia al mismo tiempo: puede fabricar narrativas, pero jamás podrá modificar los hechos. Se pueden producir cientos de boletines, organizar conferencias de prensa todos los días, inundar las redes sociales con fotografías de funcionarios sonrientes y repetir hasta el cansancio que Oaxaca vive un momento histórico.

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Sin embargo, ninguna estrategia de comunicación puede ocultar la imagen de cerca de 45 pacientes que esperan una cirugía durante semanas, de familias desesperadas recorriendo oficinas en busca de una respuesta o de médicos obligados a trabajar con recursos que desde hace mucho dejaron de ser suficientes.

Los 45 pacientes que permanecen en espera de una intervención quirúrgica en el Hospital Civil no son únicamente una cifra que deba aparecer en una nota informativa. Son cuarenta y cinco historias suspendidas en el tiempo, cuarenta y cinco familias viviendo con incertidumbre y cuarenta y cinco recordatorios de que el derecho constitucional a la salud pierde todo significado cuando las instituciones públicas dejan de responder con oportunidad.

La verdadera tragedia no radica solamente en la espera, sino en la posibilidad de que esa espera termine agravando enfermedades que pudieron atenderse a tiempo.

Resulta imposible escuchar una y otra vez el discurso triunfalista sobre el IMSS-Bienestar sin preguntarse en qué hospital ocurre esa realidad de la que hablan los funcionarios.

Porque mientras desde la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum y desde Palacio de Gobierno, Salomón Jara insisten en presentar este modelo como la gran revolución de la salud pública, en Oaxaca siguen apareciendo testimonios sobre falta de medicamentos, insuficiencia de insumos, carencias de equipo médico y una saturación hospitalaria que desmiente, por sí sola, cualquier intento de vender una normalidad que simplemente no existe para miles de usuarios.

De ahí la importancia y urgencia de que la Federación retome el mando de la salud en Oaxaca, y desde Palacio Nacional se nombre al nuevo delegado del IMSS-Bienestar, porque seguir dejando en manos de Jara Cruz este importante sector, terminará hundiéndolo, al gobernador lo que menos le importa es la salud de las y los oaxaqueños.

LAS DECISIONES EQUIVOCADAS

Aquí conviene hacer una precisión indispensable. La crisis hospitalaria de Oaxaca no nació hace tres años. Es consecuencia de décadas de abandono institucional, decisiones equivocadas y administraciones incapaces de construir un sistema de salud digno.

Pero precisamente por eso resulta todavía más preocupante que un gobierno que llegó prometiendo una transformación profunda termine recurriendo a la misma explicación que durante años criticó: culpar permanentemente al pasado mientras el presente continúa deteriorándose. Gobernar significa asumir el costo político de los problemas heredados y resolverlos, no administrarlos como argumento permanente y eso sigue haciendo Jara Cruz.

Salomón Jara Cruz fue electo con una legitimidad democrática pírrica y cuestionada, pero que le otorgó mucho más que un cargo; le entregó la responsabilidad de conducir al estado y de responder por el funcionamiento de sus instituciones.

Esa responsabilidad no implica que sea el único causante de todos los males del sistema de salud, pero sí que la ciudadanía tenga derecho a exigirle resultados cuando los hospitales enfrentan situaciones críticas.

En democracia, el poder no sólo administra presupuestos; también administra expectativas, confianza pública y, en casos como éste, la esperanza de quienes dependen exclusivamente de los servicios públicos para preservar su vida.

Quizá uno de los errores más frecuentes de los gobiernos contemporáneos consiste en creer que la percepción puede sustituir a la realidad. Se invierten millones de pesos en comunicación institucional porque algunos estrategas consideran que una buena narrativa termina imponiéndose sobre los hechos. La experiencia demuestra exactamente lo contrario.

Ninguna campaña publicitaria puede convencer a una madre de que el sistema funciona cuando lleva semanas esperando una cirugía para su hijo. Ningún video institucional puede persuadir a un adulto mayor de que la salud está garantizada cuando debe comprar por su cuenta los insumos que el hospital no tiene. Ningún discurso logra vencer la evidencia cuando ésta se encuentra en cada sala de espera.

Lo verdaderamente alarmante no es sólo la acumulación de problemas, sino la aparente incapacidad para reconocer su dimensión. Los gobiernos que aceptan sus errores todavía conservan la posibilidad de corregirlos.

Quienes deciden negarlos comienzan a construir una peligrosa burbuja donde la propaganda sustituye al diagnóstico y el aplauso de los incondicionales termina siendo más importante que el sufrimiento de los ciudadanos.

Ninguna administración debería caer en esa tentación, porque tarde o temprano la realidad rompe cualquier burbuja política.

La salud pública no puede gobernarse desde la comodidad de los informes oficiales. Se gobierna recorriendo hospitales, escuchando al personal médico, atendiendo las denuncias de los pacientes y tomando decisiones inmediatas cuando las instituciones muestran señales de colapso.

LA DERROTA DEL ESTADO

Cada cirugía pospuesta representa una advertencia. Cada medicamento faltante constituye un fracaso administrativo. Cada paciente que abandona un hospital sin respuesta es una derrota del Estado, independientemente del partido político que ocupe el poder.

En Oaxaca comienza a percibirse un fenómeno especialmente peligroso: la normalización del deterioro. Escuchar que no hay medicamentos ya casi no sorprende. Saber que faltan especialistas parece haberse convertido en parte del paisaje.

Enterarse de que existen listas de espera para procedimientos urgentes deja de provocar indignación porque la sociedad empieza a acostumbrarse a convivir con el fracaso institucional. Y cuando una comunidad deja de escandalizarse por el mal funcionamiento de sus hospitales, el problema deja de ser exclusivamente sanitario para convertirse en una crisis ética.

Si un ciudadano entra a un hospital público y sale con una nueva fecha de espera, con una receta imposible de surtir o con la incertidumbre de no saber cuándo será operado, entonces cualquier discurso sobre la transformación pierde fuerza frente a la evidencia.

El mayor riesgo político para cualquier gobernante no es enfrentar críticas de la oposición ni titulares incómodos en la prensa. El verdadero riesgo aparece cuando la sociedad comienza a sentir que el poder dejó de escuchar. Esa sensación, silenciosa al principio, termina erosionando la confianza ciudadana mucho más rápido que cualquier campaña electoral.

Oaxaca merece un debate serio sobre el estado de su sistema de salud, uno que trascienda las consignas partidistas y los comunicados oficiales. Lo que está en juego no es la popularidad de un gobernador ni la imagen de un programa federal.

Lo que está en juego es la vida de miles de personas que no tienen otra alternativa más que acudir a un hospital público esperando encontrar alivio y que, con demasiada frecuencia, terminan encontrando incertidumbre.

Porque al final la historia siempre coloca a cada gobierno frente a una pregunta sencilla, pero implacable: ¿qué hizo cuando los ciudadanos más vulnerables necesitaron de sus instituciones? Ninguna administración puede responder esa pregunta con espectaculares, discursos o estadísticas cuidadosamente seleccionadas.

La única respuesta válida se encuentra en los hospitales, en los quirófanos y en la tranquilidad de las familias que logran volver a casa con la certeza de que el Estado cumplió con su deber. En Oaxaca no es así.

Y si hoy la respuesta sigue siendo la espera, la escasez y la desesperación, entonces el problema ya no es de comunicación política. Es de gobierno. Los ciudadanos pueden tolerar un error, comprender un retraso e incluso aceptar que los cambios profundos requieren tiempo.

Lo que difícilmente perdonarán es que, mientras ellos hacen filas para salvar la vida de un familiar, Salomón Jara desde el poder siga insistiendo en que todo marcha bien.

La realidad, por desgracia, ya emitió un veredicto mucho más duro que cualquier columna de opinión.

DE COLOFÓN:

JARA PUSO PIES EN POLVOROSA

Oigan, estuvo buena la corretiza que le dieron al gobernador Salomón Jara y parte de su gabinete los maestros de educación física en el Centro de Convenciones donde la aguadaron su “Mañanera”.

Quienes estuvieron ahí me platican que desde una hora antes en que los maestros dieron una rueda de prensa frente a Palacio de Gobierno advirtieron, así se escucha en los videos, de que irían al Centro de Convenciones para encarar a Jara. Y nadie ni el C5, que depende del Capo Romero, se preocuparon por avisarle a su jefe político que era conveniente abandonar el barco.

Con toda la mala intención, porque no se puede entender de otra manera, el secretario de gobierno, responsable de la gobernabilidad en Oaxaca, Jesús Romero López dejó que el tiempo trascurriera, mientras los inconformes se trasladaban en transporte público, se hicieron más de media hora para llegar, tiempo más que suficiente para tomar medidas.

Pero el Capo Romero no informó a su jefe político, entendible, son tiempos de traiciones, de las que tiene mucha experiencia el encargado de la política interna y de grillar también.

Pero a Chucho Romero ya nadie le cree, quiso salir como el gran salvador de la vergonzante y ridícula escena que hizo el gobernador al salir huyendo, pero salió trasquilado, los maestros le gritaron ¡queremos hablar con tu jefe!

¡Plop!

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