Mientras millones de mexicanos intentan trabajar, producir, estudiar o simplemente trasladarse de un punto a otro, el país observa cómo la CNTE bloquea carreteras, toma casetas, paraliza avenidas estratégicas y convierte espacios públicos en territorios ocupados. Oaxaca vuelve a ser rehén de una crisis interminable. La Ciudad de México, capital de la República, vuelve a padecer el secuestro cotidiano de sus vialidades.

Y en medio de todo aparece una pregunta inevitable: ¿Dónde está el gobierno?

Porque gobernar no consiste en dar conferencias mañaneras, ni en repetir consignas o administrarlas. Gobernar consiste en resolver. Y precisamente ahí es donde el gobierno de Claudia Sheinbaum comienza a mostrar una preocupante incapacidad.

La crisis magisterial no cayó del cielo. No apareció de la noche a la mañana, por favor. Tampoco es un fenómeno inesperado.

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Durante años Morena construyó una alianza política con amplios sectores del magisterio disidente. Se les prometió que las injusticias históricas serían corregidas, se alimentó la expectativa de que la llegada de la llamada Cuarta Transformación significaría el inicio de una nueva relación entre el Estado y los maestros.

Hoy esa promesa se estrella contra la realidad. Los líderes magisteriales exigen respuestas. El gobierno ofrece mesas. Los maestros exigen soluciones. El gobierno ofrece discursos. Los maestros exigen compromisos. El gobierno ofrece tiempo. Y cuando un gobierno solo ofrece tiempo es porque no tiene respuestas. Eso pasa con Sheinbaum.

La CNTE entendió algo antes que muchos analistas políticos: la actual administración teme el conflicto con sus propias bases. Y cuando un gobierno teme confrontar a quienes lo ayudaron a llegar al poder, pierde capacidad de negociación.

Eso es exactamente lo que estamos viendo. La autoridad parece atrapada. No quiere ceder porque el costo presupuestal es enorme. No quiere endurecer su postura porque el costo político sería igualmente alto. Entonces opta por la peor alternativa posible: la inmovilidad.

Mientras tanto, los ciudadanos pagan la factura. Siempre los ciudadanos. El comerciante que pierde ventas. El trabajador que no llega a tiempo. El transportista detenido durante horas. El empresario que cancela inversiones. El turista que decide no volver. El estudiante que pierde clases. El enfermo que no puede trasladarse. Cada año es lo mismo.

Todos ellos son daños colaterales de una crisis que el gobierno ha permitido crecer. Porque aquí conviene decir algo que muchos evitan señalar.

El derecho a la protesta no incluye el derecho a paralizar una nación. Ninguna democracia seria funciona bajo la lógica de que quien más bloquea obtiene más beneficios. Ningún país que aspire al desarrollo puede normalizar que grupos organizados tengan la capacidad de secuestrar regiones enteras sin consecuencias políticas.

Pero México lleva años transitando exactamente por ese camino. Lo más preocupante es que la actual administración parece haber heredado también la peligrosa costumbre de confundir tolerancia con debilidad.

Y son cosas completamente distintas. La tolerancia fortalece la democracia. La debilidad destruye la autoridad.

Lo que hoy observamos en Oaxaca y en la Ciudad de México no es una demostración de fortaleza institucional. Es exactamente lo contrario. Es la evidencia de un Estado incapaz de garantizar algo tan elemental como la libre circulación de los ciudadanos.

Y cuando el Estado pierde esa capacidad, pierde mucho más que calles. Pierde respeto, autoridad, legitimidad. La presidenta enfrenta además otro problema que comienza a crecer silenciosamente.

La percepción de que su gobierno no termina de despegar. Las elecciones, las campañas, los discursos triunfalistas quedaron atrás. Ahora comienza la etapa donde los ciudadanos comparan promesas con resultados. Y ahí surgen preguntas incómodas.

¿Dónde está el crecimiento prometido? ¿Dónde está la tranquilidad prometida? ¿Dónde están las mejoras prometidas? ¿Dónde está la transformación prometida?

Porque después de años de discursos épicos, México sigue enfrentando los mismos problemas estructurales que arrastra desde hace décadas. La inseguridad continúa siendo una herida abierta.

La corrupción no desapareció, solo cambiaron los personajes políticos, ahí están Andy López Beltrán, Rubén Rocha Moya, Américo Villarreal, Adán Augusto López, Alfonso Durazo Montaño, hoy perseguidos por el gobierno de Estados Unidos por huachicol y narcotráfico.

Los sistemas de salud enfrentan enormes desafíos. Las oportunidades económicas siguen siendo insuficientes para millones de familias. Y ahora se suma una imagen cada vez más peligrosa para cualquier gobierno: la de una administración que parece reaccionar a los acontecimientos en lugar de conducirlos.

Pero existe otro factor que complica todavía más el panorama. La sombra de Andrés Manuel López Obrador. Oficialmente, el expresidente se retiró. Políticamente, sigue presente. Su figura continúa dominando Morena. Su legado continúa condicionando decisiones. Su influencia continúa proyectándose sobre la vida pública nacional.

El problema para Sheinbaum es evidente. México eligió una presidenta. Pero una parte importante del sistema político sigue actuando como si el verdadero referente de poder estuviera en otro lugar, en Palenque.

Eso genera una contradicción difícil de resolver. Porque ningún liderazgo puede consolidarse plenamente mientras exista la percepción de una tutela permanente. Ninguna presidencia puede alcanzar su máximo potencial si la comparación con el pasado se convierte en una dependencia constante.

Y esa dependencia empieza a pasar factura. Cada decisión, discurso y crisis es comparada. Cada error es comparado. El resultado es una presidenta que todavía busca definir su propia identidad política.

Y el tiempo para hacerlo comienza a agotarse. Porque mientras el gobierno intenta resolver sus tensiones internas, el escenario internacional se vuelve más complejo.

Estados Unidos endurece posiciones. La presión en materia migratoria crece. La agenda de seguridad se vuelve más exigente. Las disputas comerciales aparecen periódicamente. Y México necesita llegar a esas negociaciones con fortaleza institucional. No con debilidad. No con incertidumbre. No con conflictos abiertos.

Sin embargo, la imagen que proyecta el país es exactamente la contraria. Un gobierno negociando con maestros que bloquean ciudades. Una administración tratando de contener tensiones políticas internas. Una presidenta que aún busca consolidar plenamente su autoridad.

No es precisamente la posición ideal para enfrentar presiones externas. Pero el problema de fondo no está en Washington. Ni siquiera está en la CNTE. El problema de fondo está en Palacio Nacional.

Porque durante años se construyó una narrativa donde la voluntad política parecía suficiente para resolver cualquier desafío. La realidad está demostrando algo distinto. Gobernar es mucho más difícil que hacer campaña. Prometer es mucho más fácil que cumplir. Criticar es mucho más sencillo que administrar.

Y transformar un país requiere mucho más que consignas. México comienza a descubrir los límites de una narrativa que durante años fue presentada como solución universal.

La realidad está regresando con toda su fuerza. Y la realidad nunca negocia. Nunca acepta excusas. Nunca se impresiona con discursos. La realidad exige resultados.

Por eso la crisis actual resulta tan simbólica. Porque no se trata solamente de maestros. No se trata solamente de bloqueos. No se trata solamente de Oaxaca o de la Ciudad de México. Se trata de la creciente sensación de que el gobierno está perdiendo el control de la agenda nacional.

Y hoy, frente a una capital bloqueada, frente a un Oaxaca paralizado y frente a millones de ciudadanos frustrados, la pregunta vuelve a aparecer con una fuerza cada vez mayor:

¿Quién está gobernando realmente?

Porque si un gobierno no puede garantizar el libre tránsito, si no puede contener a sus aliados, si no puede imponer orden democrático sin caer en la parálisis, entonces el problema ya no es la CNTE.

El problema es el propio gobierno. Y esa es la noticia que más debería preocupar a México.

Y aquí aparece la mayor contradicción del conflicto. El gobierno presume haber puesto sobre la mesa nuevas rutas para las pensiones, la desaparición de la USICAMM y reformas futuras al sistema de promoción docente.

Pero la CNTE las considera insuficientes porque ninguna toca el corazón de su exigencia: la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007. El resultado es devastador para Palacio Nacional. Después de semanas de bloqueos, caos vial, pérdidas económicas y una capital paralizada, el gobierno llega a junio sin haber convencido a los maestros y los maestros sin haber conseguido sus demandas centrales.

Nadie gana. Pero los ciudadanos sí pierden. Pierden tiempo, dinero, movilidad y confianza en una autoridad que parece incapaz de recuperar el control de la agenda nacional.

La tragedia política para Claudia Sheinbaum no es que la CNTE bloquee calles. La tragedia es que esos bloqueos se han convertido en el símbolo de su gobierno. Un gobierno que prometió transformación y hoy administra conflictos.

Un gobierno que prometió autoridad moral y hoy exhibe debilidad política. Un gobierno que heredó todo el poder y, sin embargo, transmite la sensación de no poder ejercerlo plenamente.

Oaxaca está paralizada. La Ciudad de México está secuestrada por los plantones. La economía pierde millones. La paciencia social se agota. Y mientras el gobierno sigue negociando contra el reloj, la pregunta ya no es cuándo terminarán los bloqueos.

La pregunta es cuánto daño más está dispuesto a tolerar el gobierno de Sheinbaum antes de reconocer que está perdiendo una batalla que nunca debió dejar crecer.

DE COLOFÓN:

Pide gobierno de Jara a Alcocer poner logo de gobierno a las obras municipales

En una abierta actitud autoritaria, la directora del Instituto de Planeación para el Bienestar, Juanita Cruz Cruz le llamó al secretario de Obras Públicas y Desarrollo Urbano en el municipio de Oaxaca de Juárez, Carlos Facundo Alcocer Pérez para “instruirle” que por órdenes del gobernador Salomón Jara todas las obras que inaugura en las colonias y agencias el edil Ray Chagoya deben llevar el logotipo del gobierno estatal y nada del municipal.

¡Qué tal!…Y Ray Chagoya no dice nada, se queda callado.

Las obras publicitadas que han sido pequeñas como alumbrado, pavimentaciones, pintar accesos y bardas, todas las quieren con el logo del gobierno de Jara, y todavía la Juanita le lanzó la advertencia a Alcocer que si no obedecía las indicaciones se atuviera a las consecuencias. Más claro ni el agua.

A Ray Chagoya no le darían la candidatura por Morena ni por el Partido Verde Ecologista de México, está claro que Jara no lo quiere, pero parece que al edil capitalino aún no le cae el veinte y más aún que no aceptó la oferta oficial de irse como candidato a la diputación o bien ser el secretario de Turismo, porque es un hecho que Saymi Pineda renunciará al cargo.

Así que no les extrañe ver el logo del gobierno del estado en las obras municipales, hasta en el bacheo. Se nota que Salomón Jara está desesperado. Le llueve sobre mojado.

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