En nuestro país, en al menos 730 mil hogares, casi uno de cada cinco –de acuerdo con la Encuesta Intercensal 2025 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi)– se reportó que una persona menor de 18 años se fue a dormir con hambre porque no contó con dinero para comprar alimentos; la falta de recursos económicos provocó menor variedad de comida, menos cantidad y una menor frecuencia de comidas, en muchas ocasiones sólo una diaria.
En México, 28 millones de personas carecen de comida y 10 millones sufren y padecen hambre crónica; a nivel mundial, alrededor de 700 millones de seres humanos padecen este problema, una herida cuyo desenlace, en muchas ocasiones, resulta en muerte silenciosa. En 3.8 millones de hogares hay niños que no comieron lo suficiente: en 55.1 por ciento de esos hogares se comió con poca variedad, en 37.7 por ciento comieron menos y en 19.2 por ciento un niño o adolescente se fue a dormir con hambre.
Si vemos las cifras arriba enumeradas cruzadas o relacionadas con otras cifras oficiales o gubernamentales, por ejemplo, que supuestamente en 41.1 por ciento de los hogares mexicanos “se recibe” dinero mediante programas sociales (en 2020 correspondía a 25 por ciento); y si le sumamos las pensiones y las remesas, resulta que en 50.1 por ciento de los hogares se vive con algún ingreso cuya fuente no deriva de un empleo; vale la pena preguntarse: ¿por qué el hambre hoy prevalece entre la niñez y los adultos mayores mexicanos? ¿Si cuatro de cada 10 viviendas cuentan con apoyo de los programas sociales, existen 730 mil hogares con un niño que se fue a dormir sin probar bocado o que se quedó con hambre?
Las respuestas –la clase que gobierna debería necesariamente darlas– deben generar discusión y alertas políticas sobre si los programas sociales sirven o que, sin ellos, estaríamos peor; más aún, si el dinero “disperso” va al fondo para atacar el hambre, la miseria y la pobreza de los mexicanos; o si sólo son consignas de los políticos y sus partidos, que cada tres o seis años capitalizan como “carne de cañón” que termina en las urnas para votar por uno y otro candidato.
En los hogares mexicanos, el hambre no se cura ni se ataca a fondo. Por ejemplo, sabemos que el 94.5 por ciento de los hogares tienen celular; el 89.5 por ciento posee televisión; la Internet pasó, en tan solo cinco años, de 54 a 76 por ciento; en México, algunas cosas “avanzan” muy a prisa, se masifican; pero en otras, no sólo se estancan, sino que empeoran; como la emigración mexicana, que creció 57 por ciento, de 803 mil a 1.26 millones de personas; o el hecho de que los mexicanos sin acceso a la salud pasaron, en 2018, de 21.1 millones a 41.9 millones en 2024, según el Inegi; o que cuatro de cada 10 familias no tienen vivienda propia.
En México no hay empleo suficiente, y los mexicanos con un trabajo perciben salarios tan bajos que no alcanzan para que una familia viva sin pasar hambre; por otro lado, la inflación y el incremento del costo de la canasta básica acortan el dinero del que disponen las familias mexicanas.
Desde 2018, cuando se implementó la política de los programas sociales, México prospera; pero se sabe que, desde 2021 hasta la fecha, más de 28 millones de mexicanos viven diariamente con alguna preocupación relacionada con el costo de sus alimentos: si comerán al día siguiente; y si hoy el Inegi plantea que existen 3.8 millones de niños de entre uno y cinco años que no se alimentan lo suficiente y que crecerán con desnutrición, no estamos en un error si afirmamos que las políticas públicas, con los programas sociales utilizados por Morena, no están cumpliendo su cometido y más bien están pensados para tiempos electorales como el de 2027, que ya está a la vuelta de la esquina.
Si el hambre afecta a miles de mexicanos y millones de seres humanos en el mundo, es hora de exigir y alzar la voz para demandar que los funcionarios cambien la forma de gobernar, porque el hambre en México y el mundo ya es una tragedia. Por el momento, querido lector, es todo.
