Es ya muy conocido y se ha vuelto natural en la clase política, y más para quien ya tiene un coto de poder político y económico en los gobiernos, que en tiempos electorales la danza de los miles de millones se emplea en la compra de conciencias y para “conducir”, mediante el derroche de recursos económicos, a la población para que salga a votar por tal o cual candidato; tanto es así que, en la mayoría de las ocasiones, quien más dinero dispersa previamente y el día de las elecciones es quien “gana” o llega al poder político.
Este tres de noviembre, Estados Unidos (EE. UU.) tendrá elecciones midterms, llamadas así porque se realizan a la mitad del mandato presidencial, en este caso del republicano Donald Trump. En los comicios se elegirán 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio, 35, de los 100 lugares en el Senado, además de la elección de 39 gobernadores en los 50 estados del país vecino.
Actualmente, el Partido Republicano tiene mayoría de los escaños, con 53 senadores en el Senado estadounidense, mientras que el Partido Demócrata cuenta con 47. Además, hay dos senadores independientes; en la Cámara de representantes, el Partido Republicano también mantiene mayoría, con 218 escaños, y el Partido Demócrata controla 214; o sea, que los demócratas necesitarían ganar cuatro bancas tanto en el Senado como en la Cámara si pretenden cambiar la correlación de fuerzas.
Y es aquí donde vemos cómo están haciendo todo para “inducir”, comprar, obligar y hasta amenazar para lograr su cometido de más votos que le favorezcan en las urnas; más que una competencia electoral, se ha convertido en una carrera millonaria entre Trump y Michael Bloomberg. El presidente Trump, por ejemplo, a través de su plataforma Truth Social, publicó la donación de 400 millones de dólares (mdd) para apoyar a los candidatos republicanos, mientras que el multimillonario Bloomberg se sumó a la contienda con 80 mdd para reforzar a los candidatos demócratas.
De los 400 mdd, al menos unos 300 fueron destinados a publicidad, captación indirecta o directa de votantes, mítines multitudinarios, programas de movilización electoral y también para “garantizar” transparencia electoral; él mismo habló de “revitalizar al Partido Republicano”. En tanto, unos 80 mdd del exalcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, fueron asignados para ayudar a los demócratas a superar la mayoría en la Cámara de Representantes; el apoyo del magnate se difunde justo cuando la afluencia de dinero ofrecido acapara las redes sociales y la televisión para el lado republicano, dinero que llega de hombres ultrarricos como el multimillonario Elon Musk que, hasta donde se sabe, desde julio a la fecha ha entregado 276 mdd. Hoy, en EE. UU., la democracia se está midiendo en mdd y no en las urnas.
Para Donald Trump no es el mejor momento en la recta final de las elecciones. Según el último sondeo de Reuters e Ipsos, se ha revelado que, entre los votantes, el índice de popularidad del mandatario ha caído al 31 por ciento, la cifra más baja desde que asumió por primera vez la presidencia. La misma encuesta alerta que el 47 por ciento de los votantes registrados se inclina hacia los demócratas, frente a un 35 por ciento que lo haría por los republicanos.
Las cifras también explicarían cómo Donald Trump ha aumentado su tono soberbio, prepotente y amenazante en casi todos sus discursos y mítines políticos; las amenazas directas contra periodistas son más constantes, como la del martes 20 de octubre, cuando se lanzó contra Andrew Feinberg, corresponsal de la Casa Blanca para el diario británico The Independent; tras ordenar que lo callaran, le advirtió: “¡Cállate! ¡Cállate! ¿Qué te pasa, eres un enfermo?”. Emplea lenguaje agresivo y amenazante para intimidar a los opositores.
Los republicanos tienen miedo y los demócratas ven la oportunidad y la esperanza de que en las elecciones del tres de noviembre tomen el control de la Cámara de Representantes o del Senado; si esto sucede, Donald Trump perdería toda la fuerza obtenida hasta ahora, porque al gobernar otros dos años sin apoyo de la Legislatura su administración tendría problemas para continuar su agenda política y económica; además abriría las posibilidades de que le iniciaran, en el futuro, un posible juicio político por los excesos cometidos durante su mandato como presidente. Por el momento, querido lector, es todo.
