¡Ah, qué Cuauhtémoc! 

El sentido adiós ante el fallecimiento del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano (1934‑2026), ocurrido el mismo día en que los creyentes veneraron a San Judas Tadeo, unificó a casi todas las fuerzas políticas al destacar su importante papel en la apertura de las grandes avenidas por donde transita la democracia en México. No faltaron los hipócritas que siempre lo descalificaron por su pasado priista y se opusieron a que un gobierno por él encabezado tomara las riendas del país.

Nadie puede regatear su entrega a los gigantescos esfuerzos por enterrar al viejo régimen, sistema al que había pertenecido hasta 1986, cuando rompió con el PRI al lado de otros demócratas destacados. La Corriente Democrática se formalizaría en octubre del año siguiente para formar el Frente Democrático Nacional y cobijar la primera candidatura presidencial de Cuauhtémoc.

No obstante, dicho sistema político y económico se confabuló para imponer, mediante monumental fraude, a Carlos Salinas de Gortari, principal activo del neoliberalismo. Los demás relevos: Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña, serían la continuidad del amasiato entre el PRI y el PAN, hasta que se les atravesó el tozudo líder morenista, quien inauguró la cuarta transformación.

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Algunos pensaron que Cárdenas mantenía un resentimiento político con quienes no lo apoyaron para que contendiera por cuarta ocasión en 2006, cuando las circunstancias y la coyuntura política favorecían a Andrés Manuel López Obrador, jefe de gobierno capitalino. Sin embargo, el hecho de que su hijo, Lázaro Cárdenas Batel, fuera invitado a ejercer posiciones muy cercanas tanto con AMLO como con Claudia Sheinbaum, disipó dichas dudas. No obstante, mantuvo la criticidad y cautelosa distancia ante la izquierda gobernante frente a ciertas decisiones y la incorporación de personajes como Manuel Bartlett, artífice del fraude del 88.

Como parte de su misión, Cárdenas estuvo pendiente de los problemas nacionales, apareciendo cuando los temas obligaban a fijar alguna posición. Siempre abogando porque los gobernantes se condujeran con rectitud y honestidad patriótica, es decir: defender el interés nacional; nuestros recursos, entre ellos la energía y el petróleo; favorecer a los más pobres, pero fundamentalmente, jamás doblegarse ante el poder imperial.

El excandidato presidencial deja al morir un expediente limpio y honesto en la práctica política y la administración pública y el decoro en su vida familiar junto a la fallecida Celeste Batel y sus tres hijos. Cárdenas Solórzano nunca ambicionó poder por el poder mismo, ni mucho menos el dinero. Cuidó celosamente el legado de su padre y de aquella generación de gigantes que, en los episodios de la expropiación petrolera y el reparto agrario, nos enseñaron cómo cuidar la independencia, la soberanía y la justicia social. Su actuación como interlocutor válido ante el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (realizó una visita y conversación con el subcomandante Marcos y la dirigencia indígena, en Chiapas) impidió, así como las movilizaciones y la internacionalización del conflicto, mediante el uso efectivo de los medios de comunicación, que el gobierno cometiera una masacre.

Como reportero, siempre que pude, cubrí en Oaxaca eventos del ingeniero Cárdenas. Me tocó acompañarlo en recorridos por varias regiones del estado, igual que como líder del naciente Partido de la Revolución Democrática. En 1988, ya estudiando en la UAM Iztapalapa, la revista Proceso me envió a cubrir las elecciones del 6 de julio en Juchitán de Zaragoza. Allí coincidimos la reportera gráfica Ana Luisa Anza, posteriormente esposa de Pedro Valtierra, y Adriana Luna Parra, enviada de La Jornada, muy cercana al ingeniero, razón por la cual el gobernador Heladio Ramírez la había despedido de su administración. Para protegerla, Carlos Payán la envió como representante del periódico al istmo de Tehuantepec.

Enterados, por la misma Adriana, del fraude contra Cuauhtémoc, hacia la medianoche nos sentamos con algunos líderes de la COPEI en plena calle a tomar unas cervezas y cenar garnachas. Hasta allí llegó, encorajado, el mayor Leopoldo De Gyves, diciendo estar dispuesto a todo, incluyendo levantarse en armas, para protestar contra el atraco. La garganta se nos hacía nudo, y nos vimos llorar de impotencia y rabia, pero al mismo tiempo estábamos seguros de que, algún día, el país iba a cambiar, después de la hazaña cardenista. Se estaban poniendo los cimientos de una nueva era. El cambio verdadero llegaría 30 años después, retomando aquellas experiencias.

De aquella cobertura periodística, los tres regresamos conmigo manejando a Oaxaca de Juárez. Durante el trayecto nos contamos vidas y anhelos, inconformes con la oscuridad política que se imponía. Adriana siguió siendo militante de izquierda, feminista y colaboradora muy cercana del ingeniero, cuando fue jefe de gobierno de la Ciudad de México; diputada federal y fundadora del PRD de donde se retiró cuando lo de Ayotzinapa, en 2014, al igual que Cuauhtémoc. Falleció en 2018 a los 72 años, abogando siempre por los adultos mayores y la muerte con dignidad para los enfermos terminales.

Ésta y otras experiencias, entremezclando sin menoscabo de las habladurías el quehacer periodístico con mis convicciones políticas, las maduré admirando siempre al michoacano. Varios años atrás, mi esposa, Odilia Torres, había sido beneficiaria de la generosidad del general Lázaro Cárdenas cuando, por la Comisión del Río Balsas, le otorgó una beca en la Universidad de Chapingo. Los Cárdenas se fueron en octubre: el 19 el general, de 1970, a los 75 años; el 28, Cuauhtémoc, a los 92.

Quienes sufragamos por Cárdenas, en tres procesos electorales, quedamos tristes, seguramente. De mi lado, muy satisfecho porque tanto el General como su hijo, protagonizaron grandes páginas de la historia y nunca traicionaron ni arriaron banderas. Se fueron en paz, con mucha dignidad, un liderazgo moral incuestionable y la admiración del pueblo de México. ¡Ah, qué Cuauhtémoc! ¡Cuántas batallas ganaste, sin haber sido presidente!