El capitalismo, como modo de producción, está llegando a la cúspide de su desarrollo y enfrenta graves contradicciones internas que lo perfilan hacia su muerte para abrir una nueva etapa de la civilización; como si fuera un “ser vivo” que nació, se desarrolló y tendrá que morir; así ocurrió desde la comunidad primitiva, al esclavismo y el feudalismo.

En la última fase de cada modo de producción, las cosas para los pueblos no son nada sencillas ni pacíficas, más bien constituyen la lucha por la sobrevivencia, en la mayoría de las ocasiones, a muerte contra la clase opresora que mantiene el poder económico y político; ahora sucumbe el capitalismo a través de su fase imperialista. 

En el panorama internacional se manifiesta mediante el dominio y control absoluto sobre los pueblos; eso es lo que pretende Estados Unidos (EE. UU.) cuando mete sus narices en todas las naciones y busca, como fiel heredero del nazismo hitleriano, dominar el mundo; pretende acaparar el mercado mundial; pero como ya no es tan fácil, recurre a las armas y las guerras como lo hemos visto en Afganistán, Irak y más recientemente en Irán, también sus recientes agresiones contra países como Venezuela o Cuba; el capitalismo recurre a esto porque está muriendo.

Y en esa crisis terminal, las grandes corporaciones industriales, financieras privadas, y comerciales, que nacieron y se desarrollaron durante el periodo capitalista –como la diosa Minerva que nació de la cabeza de su padre Zeus– abarrotan los mercados del mundo, refuerzan los poderes económicos y oligarquías locales para su propio beneficio; se enriquecen brutalmente unos cuántos hombres que pertenecen a la clase poderosa; y que hoy podemos verlos como los grandes magnates de la tecnología, de la Inteligencia Artificial y la robotización mundial.

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Pero a estos representantes del capital no les importa que la humanidad viva en pobreza y miseria; no les preocupa que el desempleo haya crecido y ahora amenace con profundizarse gracias el uso de millones de robots en las fábricas; no les importa que, aunque el mercado esté saturado de mercancías, las grandes masas populares no tengan capacidad de comprar lo básico para sobrevivir. En el mundo existe una crisis de sobreproducción y la acumulación del capital que ya vislumbra graves estragos en la sociedad.

México no se escapa a esto pues, aunque somos un país tercermundista, el capitalismo también se ha desarrollado, y desde hace 30 años ha buscado reestructurase; el poder ha pasado, respondiendo a diferentes intereses, una buena parte de los años 90, de partido en partido, a la burguesía local; después del año 2000, esa adaptación se ha sometido y dependido más del capital y de la burguesía internacionales.

El pobre y raquítico crecimiento del Producto Interno Bruto mexicano, una economía muy débil que depende de lo que pase con la economía trasnacional, un Estado y un gobierno con escasa capacidad para responder a las necesidades sociales de los mexicanos, se ha perfilado hasta que el crimen organizado esté vinculado con los gobernantes y logre controlar parte del poder político; y si le sumamos el debilitamiento de todas las instituciones no oficiales, explica el estado actual del México en que nos encontramos.

Éste es ahora el México donde el gobierno de Claudia Sheinbaum no sale de una crisis política y ya está metido en otra.

El México de las crisis recurrentes está a la vista, el último “episodio” fue sobre la violencia en Guerrero desatada por grupos criminales que han atacado a comunidades enteras; los operadores del Gobierno Federal siguen lentos, y los mexicanos somos víctimas de esas crisis, que tendremos aguantar hasta que el pueblo se eduque, politice y organice para luchar. Por el momento, querido lector, es todo.