ERNESTO REYES

Acabadas las lluvias de otoño, octubre es un tiempo de transición, a fin de preparar nuestra fiesta grande y conmemorar a los muertos o fieles difuntos. En Guixe, Miahuatlán, Oaxaca, hombres y mujeres indígenas suelen velar a sus antepasados con 15 días de anticipación, a manera de convocatoria para que no falten a la cita que comienza el 31 de octubre, y se prolonga los días 1 y 2 de noviembre. Lo anterior nos lo contaron, en el año de 1998, los fotógrafos Juan Carlos Reyes y Jaime García (+) quienes viajaron a la sierra sur enviados por el desaparecido periódico Cantera.

En dicha publicación, el reportero gráfico, David San Juan, recogió detalles de esta tradición centenaria en las zonas mixteca, triqui, chocholteca y costa, donde realizan ceremonias muy particulares para satisfacer a los difuntos que, desde el último día de octubre, comienzan a llegar a sus antiguos hogares, guiados por el aroma de suculentos guisos, pan, frutas, flores, velas y copal quemado. 

En San Andrés Chicahuaxtla, en la zona triqui, al mediodía del 31 de octubre repican las campanas del templo a fin de avisar a quienes “realizan el viaje eterno” a que acudan a reunirse temporalmente con sus familiares. Es el tiempo “cuando los abuelos regresan”. Para recibirlos, las ofrendas contienen generosas dotaciones de fruta, carne, aguardiente, cerveza, cigarros y platos de comida, particularmente mole, pero también otros platillos. 

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En la región chocholteca, que abarca los distritos de Coixtlahuaca y Teposcolula, la festividad dura hasta ocho días, iniciándose con la preparación de alimentos y culminando el 3 de noviembre cuando las almas regresan a su morada. Para despedirlos, en Teopan, a las ocho de la mañana van por sus “muertos”, acompañados de banda de viento y los estandartes religiosos. Posteriormente, los espíritus son trasladados al templo, al ayuntamiento y finalmente a sus domicilios “como si fueran gente”, contó al reportero la antropóloga Juana López García, quien se dio a la tarea de investigar directamente en las localidades indígenas. 

Dicho peregrinar termina hacia la medianoche, cuando “los van a dejar” al panteón para que continúen su descanso eterno. Muy parecida esta costumbre a la de San Juan Copala, donde el 2 de noviembre llevan al panteón cruces adornadas con collares de cempasúchil, además de comida, refrescos y aguardiente, lo cual se coloca y riega alrededor de la tumba del fallecido “para que tomen y coman con sus compañeros de allá”.

La Unidad Regional Huajuapan de Culturas Populares documentó, en los años 90, la precisión con que, en algunos pueblos de la costa, con influencia mixteca, levantan sus altares. “Sobre una manta blanca colocan 5 manzanas, 25 nueces, cuatro tazas de dulce de frutas, cuatro platillos de comida, dos vasos de agua fresca, 10 cocos en el suelo, tres tazas de atole, y vaso de agua bendita, 10 tamales, 3 platos de pozole, una botella de mezcal, una cerveza, cuatro veladoras, cuatro velas, así como 10 panes, 15 plátanos, 15 naranjas y 15 limones dulces, los cuales deben estar colgados en el arco del altar”. La minuciosidad costeña es muy parecida a las ofrendas de San José Chiltepec, distrito de Tuxtepec, donde el recorrido de altares monumentales por los cientos de visitantes es agradecido por los habitantes mediante el obsequio de tamales, atole champurrado, café y algún licor. En dichas ofrendas, además de las frutas tropicales, se incluyen animales de monte guisados como el armadillo y el tepezcuintle.

En la región mixe, mediante la flauta y el tambor se llama a las almas de los difuntos y la gente siente que ellos están presentes en el pueblo. Contrario a la algarabía de las comparsas, desfiles y muerteadas del centro del estado, en las altas montañas de la sierra norte, la gente va al cementerio cantando alabanzas y llevando la imagen de Cristo Rey. En los pueblos de la alta y baja mixe se toca a veces música alegre – cuenta Etzuko Kuroda en el libro “Bajo el Zempoaltépetl”. En Tlahuitoltepec, la procesión arriba al cementerio acompañada de marchas fúnebres. Posiblemente, con el pasar de los años, dichos rituales se han modificado, aunque la esencia principal de recordar y convivir con sus antepasados sigue vigente. Como en la región mazateca, donde conviven con sus muertos durante 48 horas. Mucho más solemne es el recordatorio de las familias zapotecas del Istmo de Tehuantepec, donde los esperan al pie del altar, llenos de ofrendas comestibles, donde no pueden faltar flores, tamales, atoles, frutas, panes tradicionales, y las bebidas preferidas de los parientes difuntos. En el valle de Oaxaca, el último día de octubre es llamado Día de los Ángeles o los Muertos Chiquitos, y los otros dos días se dedican a los muertos adultos. Panteones como los de Xoxocotlán o Atzompa. rebosan de personas y visitantes que llegan a velar y convivir con sus antepasados. 

En La Muerteada de los barrios San José, Soledad Vista Hermosa y San Agustín Etla, tradición asociada a la bonanza de las fábricas textiles de principios del siglo XX, la llamada Relación habla de un hacendado que debe rendir un informe. La relatoría, cuentan los Encabezados – organizadores locales- se manifiesta en una comedia que de manera satírica cuenta hechos recientes en la población. Se improvisan versos y aparecen personajes como la hija del hacendado, que le llora a su hombre a punto de morir. El hacendado llama a sus empleados: el mayordomo, el caporal, el chivero, con los que intercambia versos para preguntarles sobre sus bienes. Luego interviene el cura y otros personajes que pueden revivir al muerto. Además, desfila el cantor, el médico y finalmente el espiritista, quien levanta o regresa la vida al muerto. Al final – evoca Francisco López- los diablos y la muerte no se pueden llevar al individuo. La Muerteada hace su recorrido toda la noche por las casas, acompañada de grandes bandas de música de viento; muerteros y diablos bailan con pesados trajes adornados de cascabeles, hasta que llega el día dos, ya con el sol encima.  

En las comunidades, la muerte es recuerdo luctuoso hacia el ser que ha marchado. Pero el dolor y el llanto interno o exteriorizado al recordarlos, se mezcla con la ironía o la broma para reducir la tensión que nos produce el destino inevitable, el fin de nuestro camino. Los antiguos toltecas- dice el escritor Guillermo Marín- pretendían en sus majestuosos centros de conocimiento – ahora zonas arqueológicas- llegar a la vida eterna a través de la muerte de la vida mundana. Es decir, que solo ante la muerte de los apegos terrenales el espíritu quedaba libre para iniciar el luminoso viaje hacia la vida eterna. Para los antiguos mexicanos, fueran toltecas, olmecas, aztecas o zapotecas, la vida en la tierra era totalmente pasajera. Presuponían que los seres humanos tenemos un destino más importante, un lugar en lo inconmensurable adonde debemos llegar después de transitar por esta existencia terrenal. La muerte así entendida, no es el fin de todo: es un paso hacia la vida eterna.

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