En Oaxaca la salud pública dejó de ser un derecho y se convirtió en una ruleta de abandono, corrupción administrativa y propaganda política. Lo que hoy vive el estado no es una crisis pasajera: es el derrumbe de un sistema incapaz de garantizar medicamentos, atención médica y hospitales funcionales para millones de personas.

El cierre de Farmacias Bienestar, el desabasto en hospitales, la suspensión de cirugías, los paros médicos y el fracaso operativo del IMSS-Bienestar son apenas la parte visible de una tragedia mucho más profunda: el fracaso del modelo de salud impulsado por los gobiernos estatal y federal.

Y mientras los funcionarios siguen hablando de “transformación”, Oaxaca se hunde en uno de los peores momentos sanitarios de su historia reciente. Son $253 millones de pesos supuestamente invertidos y un programa que terminó colapsando.

La historia de Farmacias Bienestar resume perfectamente el desastre sanitario.

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El gobierno de Salomón Jara presentó el programa como una solución histórica para las familias sin acceso a seguridad social. Se prometieron consultas gratuitas, medicamentos, análisis clínicos y atención integral.

Pero detrás de los discursos existía una realidad distinta: improvisación, opacidad y falta de planeación.

De acuerdo con reportes legislativos y periodísticos, el programa acumuló más de $253 millones de pesos presupuestados entre 2024 y 2026. Sólo para 2026 se contemplaron alrededor de $160 millones de pesos, después de que ya se habían destinado más de $93 millones en ejercicios anteriores.

Y, aun así, el proyecto comenzó a derrumbarse. Al menos 7 de las 15 Farmacias Bienestar cerraron operaciones, dejando sin atención médica a más de 70 mil personas.

La pregunta es inevitable: ¿Cómo desaparecen farmacias públicas después de recibir cientos de millones de pesos?

La respuesta apunta a lo que Oaxaca ha padecido durante décadas: programas improvisados, ausencia de auditorías reales y una estructura política más preocupada por la propaganda que por los resultados.

La responsabilidad central de este desastre sanitario por supuesto recae sobre el gobernador Salomón Jara Cruz. El secretario de Salud, Efrén Emmanuel Jarquín González y la de Bienestar, Vilma Martínez Cortés.

Fue su gobierno quien convirtió Farmacias Bienestar en uno de los proyectos insignia del sexenio. Fue su administración la que prometió una transformación sanitaria histórica. Y es bajo su mandato que Oaxaca enfrenta hospitales semiparalizados, clínicas vacías y un desabasto que ya golpea incluso tratamientos oncológicos y de hemodiálisis.

El problema no es solamente la falta de dinero. El problema es la incapacidad administrativa.

Mientras el gobierno estatal invertía millones en imagen institucional y giras políticas, hospitales denunciaban carencias de hasta el 50% en insumos básicos. Personal médico del Hospital Civil “Dr. Aurelio Valdivieso” salió a las calles para denunciar el colapso operativo del sistema IMSS-Bienestar.

Y siguen protestando. Lo mismo que personal del Hospital de la Mujer y el Niño, donde no hay especialistas.

Eso significa que el gobierno ya perdió incluso el control interno del sistema sanitario. Y cuando médicos y enfermeras tienen que protestar para exigir gasas, medicamentos o material quirúrgico, el problema ya dejó de ser político: se convirtió en una emergencia humanitaria.

Vilma Martínez Cortés y el derrumbe de Farmacias Bienestar

Otra figura clave es Vilma Martínez Cortés, encargada de operar el programa Farmacias Bienestar, sí, la que sueña con ser gobernadora y le compró los espejitos a su jefe Político que hoy ya trae en el radar a otra propuesta para Oaxaca, que por supuesto, no es ella.

Las críticas contra la gestión de la exedil de Tehuantepec crecieron después del cierre de sucursales y de las denuncias por mala planeación y desorganización. El programa que fue presentado como símbolo de justicia social terminó convertido en una red de establecimientos cerrados y servicios interrumpidos.

La situación es especialmente grave y caótica, porque Oaxaca es uno de los estados con mayor pobreza y marginación del país. Para miles de adultos mayores, indígenas y familias rurales, esas farmacias representaban el único acceso posible a medicamentos.

Pero el desastre no es únicamente estatal. La federación también tiene responsabilidad directa.

El modelo IMSS-Bienestar impulsado primero por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y ahora continuado por Claudia Sheinbaum prometió construir un sistema de salud universal “mejor que el de Dinamarca”.

La realidad en Oaxaca muestra exactamente lo contrario. La desaparición del Seguro Popular, el fracaso del INSABI y la transición improvisada al IMSS-Bienestar generaron una estructura burocrática gigantesca, lenta y descoordinada.

Los trabajadores de salud denuncian que la centralización federal complicó compras, pagos, contratación de personal y abastecimiento de medicamentos. Es decir: el gobierno federal concentró el control del sistema, pero no logró resolver los problemas básicos.

Hoy Oaxaca vive atrapada entre dos niveles de gobierno que se culpan mutuamente mientras el sistema colapsa.

Y lo más grave quizá todavía no llega. Si el gobierno estatal y la federación no corrigen el rumbo, Oaxaca podría enfrentar en los próximos años lo siguiente:

Un mayor cierre de unidades médicas, incremento del desabasto de medicamentos, saturación hospitalaria permanente, crecimiento de enfermedades no atendidas, aumento de mortalidad por padecimientos crónicos, migración de pacientes hacia hospitales privados, crisis laboral en el sector salud, renuncias y fuga de médicos especialistas.

La federación ya anunció un nuevo modelo denominado “Servicio Universal de Salud”, que pretende integrar IMSS, ISSSTE e IMSS-Bienestar entre 2027 y 2028.

Pero existe un problema evidente: si el actual sistema ni siquiera puede garantizar medicamentos básicos en Oaxaca, difícilmente podrá sostener una integración nacional mucho más compleja.

El riesgo es enorme. Porque cuando un gobierno fracasa en salud pública, las consecuencias no se reflejan sólo en estadísticas. Se reflejan en muertes que pudieron ser evitables.

Y, aun así, ningún funcionario ha asumido responsabilidad política real. Nadie renuncia. Nadie explica. Nadie rinde cuentas. Ahí sigue un secretario de salud más preocupado por los “negocios” que por hacer bien su trabajo, Efrén Emmanuel Jarquín González.

Mientras tanto, las y los oaxaqueños siguen pagando el costo de un sistema sanitario que parece diseñado para administrar propaganda… pero no para salvar vidas.

El problema para Oaxaca no es únicamente que el sistema de salud esté colapsando. El verdadero problema es que quienes lo destruyeron siguen gobernando como si nada ocurriera.

Mientras los hospitales se caen a pedazos, las farmacias cierran y los pacientes mueren esperando medicamentos, la clase política continúa refugiada en conferencias, boletines y discursos triunfalistas. Han convertido la tragedia sanitaria en una estrategia falsa de comunicación.

Pero la realidad siempre termina imponiéndose.

Y la realidad en Oaxaca es brutal: un gobierno que prometió transformación terminó administrando ruinas; un modelo federal que presumía ser mejor que el de Dinamarca ni siquiera puede garantizar una aspirina; y cientos de millones de pesos públicos terminaron enterrados en programas improvisados que hoy son símbolo del fracaso.

Lo más grave es que el costo no lo pagan los funcionarios. Lo pagan las madres que no encuentran medicinas para sus hijos. Lo pagan los adultos mayores que abandonan tratamientos porque el sistema ya no responde. Lo pagan las comunidades indígenas obligadas a recorrer horas para llegar a clínicas vacías.

Lo pagan las y los oaxaqueños que descubrieron demasiado tarde que detrás de la propaganda no había transformación, sino abandono. Porque cuando un gobierno deja sin salud a su pueblo, deja también al descubierto su verdadera prioridad.

Y en Oaxaca quedó claro que la prioridad nunca fueron los pacientes.

DE COLOFÓN:

Le endilgan a Shabín Jara las 126 obras “basura” del IOCIED

Varios constructores nos llamaron el mismo lunes 18 de mayo en que se publicó la columna respecto a 126 obras educativas que están en completo abandono y $155 millones de pesos tirados a la basura, para confirmarnos que las empresas factureras o fachada que estuvieron a cargo de la estafa son las que trae Shabín Jara Bolaños, hijo del gobernador Salomón Jara Cruz.

Que el -ahora- próspero empresario constructor es quien presiona a las dependencias estatales y a los municipios que tienen que ver con contratos de obras para que se las adjudiquen de manera directa, previa advertencia que de no hacerlo les caerá la Auditoría Superior de Fiscalización del Estado (ASFE) y que el gobernador ya tiene conocimiento.

Esto no es nuevo estimados ciberlectores, recuerdo que desde cuando estaba Netzahualcóyotl Salvatierra López, extitular de SINFRA, hubo quejas de constructores oaxaqueños por la asignación directa que hacía esa institución a las empresas factureras de Shabín Jara, y que el hijo de Salomón Jara se pasea por los municipios con su portafolio ordenándoles a los ediles a qué empresa le asignarían la obra y el pago inmediato de la comisión del 20%.

Incluso se comentó que una de las razones principales por las que Salvatierra renunció fue porque estaba “hasta el gorro” de la presión de Shabín Jara y de Noé Jara Cruz, quienes en cuanto se enteraban de que había caído un presupuesto para alguna obra, en la noche estaba la llamada amenazante para decirle que ese dinero ya estaba comprometido.

Así de grave el tema con el “negocio” Jara. Así que en este fraude no solo está inmiscuido el extitular del IOCIED, Alejandro López Jarquín, también deben investigar al primogénito del gobernador Salomón Jara.

Le dan una “chainiadita” al rostro de Irma Bolaños para salir del encierro

Oigan, que doña Irma Bolaños Quijano anda tirando rostro.

Por instrucciones del argentino René Palacios, le dio “permiso” para salir de su encierro después de los lamentables hechos registrados en el DIF-Oaxaca, donde fallecieron dos niñas haitianas y seis adolescentes se escaparon, y otra más intentó saltar la barda, que sigue siendo un escándalo nacional.

Dijo doña Irma Bolaños que ya estaba cansada del encierro, que lo más seguro es que a la gente ya se le había olvidado los hechos que ocurrieron en el DIF y que ya necesitaba retomar su “apretada” agenda. Pues acto seguido, el argentino René Palacios le dijo que sí, que ya no había problema y que podía salir al público.

¡Ah!, pero antes le sugirieron darse una manita de gato en el rostro para lucir “más fresca”, como si con ello se borraran los hechos tan lamentables que se han registrado en el DIF, de verdad, que superficialidad y que limitada de pensamiento está la pobre señora Bolaños.

En este espacio se lo vamos a seguir recordando, Oaxaca no olvida.

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