El poder tiene un defecto que pocas veces reconoce: se enamora de sí mismo. Deja de escuchar porque supone que los aplausos son permanentes. Confunde disciplina con lealtad, obediencia con respaldo y propaganda con realidad. Hasta que la realidad llama a la puerta y suele hacerlo sin pedir permiso.

Eso parece estar ocurriendo en Oaxaca con el gobierno de Salomón Jara Cruz.

Vamos a hablar de Morena y de su gobernador, porque llegó prometiendo una transformación. No una administración más. No otro gobierno que repartiera culpas hacia el pasado mientras el presente se deterioraba. Pero el tiempo tiene una costumbre cruel: desnuda los discursos y obliga a gobernar.

Hoy el gobierno de Salomón Jara enfrenta algo más peligroso que las críticas de la oposición. Enfrenta el desgaste que producen los errores propios. Y esos son los únicos que no pueden atribuirse a los adversarios.

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Su propia familia, sus hijos, sus hermanos y sus más cercanos colaboradores, cuyos nombres conocemos ampliamente, lo hundieron en una crisis de gobernabilidad y violencia sin precedentes, sin tomar en cuenta que la política tiene memoria corta, pero el ciudadano tiene paciencia limitada.

Se le acumularon los conflictos, las inconformidades crecieron. La polarización se volvió método de gobierno desde el inicio de su administración con ataques constantes a periodistas críticos desde su púlpito, “La Mañanera”.

Su propio hermano Noé Jara Cruz fue captado en un video de algún ciudadano que estuvo en la reunión, con actitud de dictador, tirando línea de quiénes no pueden ser aspirantes a la capital oaxaqueña, como si fuera dueño de Oaxaca de Juárez, de verdad, grotesco por decir lo menos atacando a dos mujeres morenistas Haydeé Reyes y Liz Arroyo, así como al senador Luis Alfonso Silva Romo, de plano descalificándolos.

Eso terminará enterrando a Morena en la capital. Además, que, en la dirigencia estatal morenista, al que pusieron de “adorno” como líder Alejandro Velasco Armas, no ha hecho absolutamente nada para fortalecer a ese partido, sigue en sus escándalos debido a su adicción al alcohol y chocando camionetas.

Incluso, su antecesor Emmanuel Navarro Jara y Shabin Jara Bolaños lo mandan por las tortas y por las botellas de agua…¡qué papelón!

VIOLENCIA EN OAXACA EN EL REFLECTOR INTERNACIONAL

En Morena la confrontación sustituyó al diálogo. Mientras el discurso insiste en que todo marcha bien, una parte importante de la sociedad observa una realidad muy distinta. Gobernar no consiste en repetir que todo está bajo control, sino el reto es demostrarlo.

El asesinato del periodista Alejandro Leyva Aguilar volvió a colocar a Oaxaca bajo el reflector internacional. Más allá de lo que establezcan las investigaciones y de las responsabilidades que correspondan conforme a derecho, el crimen ocurre en un contexto que alimenta la percepción de un ambiente de violencia y hostilidad que preocupa profundamente.

Cuando asesinan a un periodista, la noticia deja de pertenecer exclusivamente al ámbito policiaco. Se convierte en un hecho político. Porque la libertad nunca se mide cuando todo está en calma, sino cuando aparece el miedo.

No basta un comunicado de condena. No alcanza con expresar solidaridad. Mucho menos sirve convertir la tragedia en un intercambio de culpas como lo hizo la defensora Elizabeth Lara Rodríguez, porque todos le fallaron a Alejandro Leyva.

La obligación de un gobierno democrático es garantizar condiciones para que la crítica, el periodismo y la vida pública puedan ejercerse sin que el miedo marque la agenda. La percepción pública rara vez espera a que concluyan los expedientes judiciales. Y la percepción también vota.

Por eso resultó políticamente significativa la presencia en Oaxaca de la dirigente nacional de Morena, Ariadna Montiel y el respaldo público expresado por la presidenta Claudia Sheinbaum al gobernador Salomón Jara Cruz. Oficialmente fue una muestra de “unidad institucional”. Políticamente, diversos observadores la interpretaron como un cierre de filas en uno de los momentos más delicados para el gobierno de Jara Cruz.

En política las visitas nunca son inocentes. Cuando un gobernador atraviesa su mejor momento, nadie siente la necesidad de enviar refuerzos. Pero en Oaxaca les urge rescatar la muy deteriorada administración de Jara Cruz, quien está desesperado, desencajado ante la crisis de violencia y de gobernabilidad que ha rebasado los límites y parece no entenderlo.

Los respaldos extraordinarios suelen aparecer cuando alguien, en algún lugar, considera que la tormenta puede convertirse en huracán. Morena sabe leer encuestas. Sabe interpretar el humor social. Sabe distinguir entre un aplauso espontáneo y uno organizado. Y sabe, sobre todo, que ninguna marca política es inmortal.

Durante años el partido construyó una narrativa de superioridad moral. Se presentó como la alternativa frente a los excesos del viejo régimen. Su mayor fortaleza fue convencer a millones de mexicanos de que gobernarían de manera distinta. Pero resultó una gran falsedad.

La pregunta incómoda empieza a abrirse paso. ¿Qué ocurre cuando el gobierno comienza a parecerse demasiado a aquello que prometió combatir?

La historia política mexicana está llena de partidos convencidos de que eran invencibles.

El PRI creyó que el poder era hereditario. El PAN pensó que la alternancia era suficiente. Ahora Morena parece correr el riesgo de creer que su popularidad es inagotable. Todos terminaron descubriendo la misma lección, la derrota y el hartazgo ciudadano.

Las urnas no castigan la ideología. Castigan la decepción. En Oaxaca parece haberse instalado una peligrosa cultura política. Toda crítica es interpretada como conspiración. Todo cuestionamiento es atribuido a intereses oscuros. Todo periodista incómodo termina etiquetado como adversario.

LOS GOBIERNOS SOBERBIOS DESCALIFICAN

Jara se la pasa explicando permanentemente en sus “Mañaneras” por qué las críticas son injustas, quizá debería dedicar el mismo esfuerzo a preguntarse por qué existen tantos señalamientos a su fallida administración.

Los gobiernos inteligentes escuchan. Los soberbios descalifican. Los primeros corrigen. Los segundos se convencen de que tienen razón hasta el día en que llegan las elecciones.

Hay una diferencia enorme entre ganar el poder y conservar la confianza. La primera depende de una campaña. La segunda depende de gobernar. Ningún aparato político puede sustituir indefinidamente los resultados. Ninguna estructura electoral alcanza para esconder la frustración ciudadana que hoy se vive.

Ningún acto multitudinario cambia la percepción cuando la gente siente que los problemas siguen ahí. El ciudadano puede asistir a un evento oficial por obligación, por acarreo, hasta porque le paguen y le den una torta.

Pero vota en secreto. Y ahí desaparecen los aplausos.

Con las elecciones de 2027 cada vez más cerca y la sucesión de 2028 en el horizonte, Morena enfrenta una prueba que no resolverá con propaganda. La resolverá -o no- con resultados. Porque el tiempo de las promesas terminó hace mucho.

Ahora comienza el tiempo de las cuentas. El mayor error de cualquier gobierno consiste en creer que el poder es un patrimonio y no un préstamo ciudadano. Los votos nunca se escrituraron a nombre de Morena. Los ciudadanos simplemente los prestaron.

Y lo que se presta…También se devuelve.

Quizá por eso la fotografía política de estos días resulta tan elocuente. Un gobernador respaldado por la dirigencia nacional de Morena y por la presidenta proyecta fortaleza hacia afuera, pero miedo hacia adentro.

Al mismo tiempo, abre inevitablemente la puerta a otra lectura: que el partido Morena considera necesario enviar un mensaje de cohesión precisamente porque reconoce que enfrenta un momento complejo. En política, las imágenes comunican tanto como los discursos.

Por lo pronto, la línea dictada por la líder de Morena, Ariadna Montiel es que no habrá ningún candidato o candidata ligada con actividades ilícitas, no sabemos si la familia Jara lo entienda, lo que sí percibimos es que se vienen tiempos ríspidos y difíciles para el escenario electoral.

Lo verdaderamente preocupante no sería que Morena pueda perder una elección. Eso forma parte de cualquier democracia. Lo preocupante sería que llegue a perder la capacidad de entender por qué la perdería. Un gobierno que deja de escuchar comienza a gobernar para sí mismo y eso pasa en Oaxaca.

Cuando un partido se convence de que toda crítica es un ataque y toda inconformidad una conspiración, deja de representar a la sociedad para convertirse únicamente en defensor de sus propias certezas.

La historia mexicana enseña que los gobiernos no caen el día en que pierden las urnas. Caen mucho antes. Caen cuando la soberbia sustituye a la autocrítica. Cuando el poder deja de escuchar. Cuando el miedo comienza a ocupar el lugar de la confianza.

Si esa ruta no cambia, quizá el verdadero problema de Morena en Oaxaca no sea la oposición, sino el espejo.

DE COLOFÓN:

EL SOLÍCITO DE JESÚS ROMERO BUSCA A LA PRENSA CRÍTICA

Que el secretario de gobierno, Jesús Romero López anda muy solícito con las y los periodistas incómodos y se ha tomado la molestia de hacer llamadas para ofrecerles todo el respaldo y su solidaridad, que están atentos, hoy que en Oaxaca se enfrenta un clima hostil para ejercer el periodismo a raíz del asesinato del columnista Francisco Alejandro Leyva Aguilar.

Solo tomen nota estimados ciberlectores hasta cuándo dicho funcionario se preocupó en llamar y en mandar mensajes, que lamentable y que cinismo, cuando sabemos perfectamente que ha sido uno de los principales detractores contra la prensa incómoda y también de los funcionarios que le calentaron la oreja al gobernador Salomón Jara para arremeter en su “Mañanera” contra todo el que critica.

Ahora que están en el paredón, doblegó su orgullo y su soberbia, cuando el daño está hecho y el costo que pagamos las y los periodistas ha sido muy alto.

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