Bajo un sol que no dio tregua, miles de mujeres convirtieron las principales calles de la capital oaxaqueña en un río violeta este 8 de marzo. Lo que comenzó como una movilización de exigencia de justicia, terminó en una jornada de tensión marcada por incendios, el derribo de vallas de seguridad y una respuesta de la Policía Estatal que dejó un saldo preliminar de dos manifestantes detenidas.
La marcha no solo fue de consignas, sino de historias con nombre y apellido. Celia Reyes Pérez marchó para exigir justicia por el feminicidio de su madre, Vicencia Pérez Domínguez, ocurrido en 2025 en San Juan Juquila Mixes.
A su lado, Alba Chávez Yescas, sobreviviente de un ataque perpetrado por cinco sujetos en su propio domicilio en Santa Cruz Amilpas, narró entre lágrimas su calvario ante un sistema judicial que, asegura, le ha dado la espalda.
“Fuimos todas”, fue el grito unísono que justificó la acción directa de los bloques negros, quienes arremetieron contra edificios públicos y privados como respuesta a la falta de respuestas institucionales.
La tensión aumentó al arribar al Zócalo capitalino. Al grito de “¡Salomón represor!” y “¡Fuera Jara!”, las manifestantes lograron derribar las vallas de seguridad que resguardaban el Palacio de Gobierno. Minutos después, comenzó a arder frente al recinto donde despacha Jara.
De forma paralela, una sucursal del banco Santander fue incendiada. Elementos del Heroico Cuerpo de Bomberos intentaron sofocar las llamas, pero fueron repelidos por colectivas que impidieron las labores de extinción.
En medio del caos, las fuerzas policiales llegaron para replegar a las manifestantes; las mujeres intentaron detenerlos, pero no fue posible; poco a poco fueron empujando hasta recuperar Palacio de Gobierno.
Y es que el contexto de la protesta está respaldado por números alarmantes. Organizaciones sociales denunciaron que, en lo que va del sexenio de Salomón Jara Cruz, se han registrado 305 feminicidios y mil 257 desapariciones de mujeres.
A este panorama se suma la indignación por la muerte de dos niñas migrantes haitianas en el albergue “Casa Pato” del DIF Oaxaca.
Para las activistas, este suceso es el símbolo máximo de la “negligencia criminal, el racismo estructural y la corrupción” que impera en el sistema estatal, afectando desproporcionadamente a mujeres indígenas, negras y migrantes.
La magnitud de la protesta alteró la vida cotidiana de la capital. Por primera vez en fechas recientes, no se celebró la misa dominical en la Catedral, y se reportó la participación activa de mujeres extranjeras que se sumaron a la exigencia de seguridad en la entidad.
Al cierre de esta edición, el ambiente en el Centro Histórico es de un recuento de daños, con una fuerte presencia policial y colectivos que ya exigen la liberación inmediata de sus compañeras detenidas durante la trifulca.















