Santa Cruz Xoxocotlán, Oax., 18 de feb.– En San Juan Bautista La Raya, el carnaval no es solo una fecha en el calendario. Es memoria viva, identidad colectiva y una tradición que ha pasado de generación en generación entre el sonido del chicote, el brillo del cucurucho y el arte de vestir.
Todo comienza en una casa. Ahí se reúnen los amigos, entre risas y complicidades se visten de diablo antes de salir al recorrido por las calles del pueblo. Ese punto de reunión es parte esencial del ritual: vestirse juntos simboliza comunidad.
Hoy, en La Raya, se identifican dos puntos de reunión principales para la organización y salida de los diablos: la casa de Raymundo Cruz Robles, representante de los Tradicionales Diablos, y la de Valentín Castro Jiménez, del grupo Temporada de Diablos.
Bertín Ambrosio de la Rosa, integrante de Los Tradicionales Diablos, recuerda que desde los seis o siete años ya participaba. “Antes los diablos duraban hasta 15 días”. El carnaval era la temporada esperada para “echar diablo”, convivir y recorrer la población bajo el anonimato que da una máscara.
*De martes de carnaval al domingo posterior*
La tradición marca que originalmente los diablos salían el martes de carnaval, un día antes del Miércoles de Ceniza. Así fue durante décadas, quizá más de medio siglo atrás. Con el paso del tiempo la fecha se modificó y actualmente el carnaval de La Raya se realiza el primer domingo posterior al Miércoles de Ceniza.
El origen tiene raíces religiosas, aunque también circulan otras interpretaciones. Una versión sostiene que antes no se llamaban diablos, sino “judíos”, y que el recorrido representaba la búsqueda de Jesús antes de la crucifixión, evocando los azotes con el sonido del “chicote”.
Otra versión señala que los diablos perseguían a la muerte para expulsarla del pueblo. De ahí el recorrido por las calles y el uso del látigo trenzado.
También se cuenta que la tradición llegó desde Zaachila, cuando un hombre originario de ese lugar llevó la costumbre a La Raya tras casarse con una mujer del pueblo. Así comenzó una práctica que hoy es símbolo local.
*El domingo de carnaval: fiesta, concurso y comunidad*
El domingo principal, la explanada de la agencia municipal se llena. Las escuelas organizan kermeses para recaudar fondos. La población forma un círculo alrededor de la plaza. Los disfrazados entran al centro y presentan bailes, parodias o sketches que provocan risas y aplausos.
Hay música en vivo o sonido amplificado. Un jurado evalúa gracia, creatividad y respuesta del público. Los premios, tradicionalmente, son en efectivo. El anonimato agrega emoción: nadie sabe quién está detrás de la máscara.
*El arte de vestirse de diablo*
El diablo de San Juan Bautista La Raya tiene rasgos distintivos que lo diferencian de otros lugares.
La indumentaria consta de dos piezas: camisa manga larga y short o calzón, generalmente de popelina. En los bordes aparecen triángulos que simbolizan pezuñas de cabra o escamas. En las mangas, extensiones de tela evocan alas de murciélago.
El rostro se cubre completamente con una máscara. El anonimato es fundamental.
Uno de los elementos más llamativos es el cocorucho o cucurucho: una estructura de carrizo elaborada artesanalmente, con flejes metálicos enrollados que simulan cuernos. Al contacto con la luz del sol, los colores metálicos brillan, dando elegancia a la figura.
Otro símbolo central es el chicote, un mecate trenzado de ixtle –fibra de maguey– que produce un estruendo al azotarse contra el suelo. En el carnaval, el chicote adquiere sentido ritual: perseguir a la muerte o representar los azotes de la tradición religiosa.
Y está el sonido: el “ñojojó”. No es palabra, es exclamación. Un resuello grave que distingue al diablo. Cada participante lo entona a su manera, incluso los niños, cuya voz aguda transforma el sonido en algo juguetón.
*Cascarones, liras y amores encubiertos*
Más allá del espectáculo, el carnaval era también una oportunidad de cortejo.
En tiempos en que las jóvenes pocas veces podían salir libremente, el domingo de carnaval era una excepción. Bajo la máscara, el diablo podía acercarse sin revelar su identidad. Podía bailar, bromear o entregar un cascarón: un huevo decorado con un cono de cartón y montado en un palito.
Recibir cascarones era señal de admiración. Las muchachas más apreciadas llegaban a juntar varios en las manos.
Pero había un gesto mayor: la lira. Similar al cascarón, pero más grande, se entregaba a la novia como señal de formalización. Era una declaración pública dentro del anonimato. Sin embargo, si una joven aceptaba más de una lira, el conflicto estaba asegurado.
La máscara protegía identidades. Si alguien era reconocido –por la voz o la forma de caminar– podía escuchar entre la multitud: “Cambia el paso, ya te reconocí”.
*Más que un disfraz*
Los Diablos de San Juan Bautista La Raya no son solo una figura carnavalesca. Son memoria colectiva, herencia religiosa reinterpretada y un espacio social donde el juego, la crítica y el amor encuentran expresión.
En La Raya, el carnaval no se observa: se vive. La cita es este 22 de febrero a partir de las 11:30 horas.









