El reciente incendio en el fraccionamiento Rancho Valle del Lago, en Tlacolula, no solo desnudó la vulnerabilidad ecológica de la entidad, sino también la inoperancia de las instituciones responsables de la salud pública y el entorno.
Pese a la densa nube de contaminantes que asfixió a los Valles Centrales, tanto la Secretaría de Medio Ambiente como la Coordinación Estatal de Protección Civil brillaron por su ausencia, omitiendo cualquier recomendación oportuna y dejando a miles de ciudadanos a la deriva frente a un aire catalogado como irrespirable.
En lo que va de esta temporada de estiaje 2026, Oaxaca ha escalado de manera alarmante en las estadísticas nacionales, situándose entre las entidades con mayor número de siniestros.
Según datos de Conafor y Coesfo, en apenas 40 días se han registrado más de 35 incendios que han devorado mil 200 hectáreas de pastizales y selva baja.
Sin embargo, estas cifras parecen no ser suficientes para que las autoridades activen protocolos de contingencia ambiental que vayan más allá de intentar sofocar el fuego cuando el daño ya es masivo.
Mientras esta neblina tóxica exacerba enfermedades cardiovasculares y respiratorias, el silencio de las dependencias estatales es absoluto; no hubo avisos de uso de cubrebocas ni alertas de calidad del aire, demostrando que la prevención en el estado es, en la práctica, inexistente.








