En el más reciente informe de la Comité de Oxford de Ayuda contra el Hambre (Oxfam) titulado Contra el imperio de los más ricos. Defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios, se muestra nuevamente qué tan terrible, insultante y descomunal resulta la desigualdad en el mundo y en México, debido a la concentración de más riqueza en unas cuantas personas, porque los 12 magnates más acaudalados contienen más riqueza que la mitad más pobre de la población mundial: cuatro mil millones de personas.
Con la acelerada acumulación del patrimonio de los multimillonarios durante 2025 se podrían distribuir 250 dólares a todos los pobladores del planeta y aun así tendrían 500 mil millones de dólares (mdd) extra; con el crecimiento de su riqueza, tres veces más rápido que en los últimos cinco años, también trae aparejadas peligrosas consecuencias para las “democracias”; y se refiere que Donald Trump representa un claro ejemplo de cómo el poder económico toma el control político para impulsar agendas regresivas que sólo benefician a unos cuantos: “El auge de las oligarquías impacta negativamente en todas las sociedades del mundo”.
La desigualdad y la pobreza se agudizaron en las últimas dos décadas y, durante 2025, unos 808 millones de personas viven en pobreza extrema con menos de tres dólares por día; por otro lado, el uno por ciento archimillonario acumula más riqueza que el 95 por ciento del resto del mundo, según la Organización de las Naciones Unidas, hecho que hace el mundo cada vez menos equitativo y más injusto para las mayorías.
La concentración de tanta riqueza en el mundo contrasta con la magnitud alarmante de pobreza cercana a los mil millones de habitantes sumados a los dos mil 900 millones que viven con entre tres y ocho dólares diarios, cifra de “ingresos” insuficiente y muy lejos de asegurar una vida digna con buena alimentación y salud, con educación o empleo digno y con buena infraestructura en los pueblos y ciudades donde viven al menos ocho mil millones de personas.
En pleno 2025 observamos un mundo más desigual, con brechas cada vez más grandes entre ricos y pobres, entre los que padecen y sufren mucho y apenas logran sobrevivir, y los que tienen mucho (superricos, multimillonarios o acaudalados), pero gracias a que se han apropiado de la riqueza generada por los obreros en las fábricas o los campesinos en los campos.
En el mundo, según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, existen 272 millones de niños y jóvenes que no asisten a la escuela; de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, existen dos mil 200 millones de personas sin acceso a agua potable, tres mil 400 millones sin servicios higiénicos adecuados; de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo, más de 28 millones de personas en el mundo son víctimas de trabajo forzoso y el 60 por ciento de la fuerza laboral del mundo, unos dos mil millones de personas, trabaja en condiciones de informalidad. Esto genera que las brechas sociales se amplíen y que dos tercios de la población mundial, es decir, unos seis mil millones de personas, vivan en países donde la desigualdad ha aumentado mientras el uno por ciento más rico concentra más del 95 por ciento de la riqueza creada.
En México, la situación es similar, porque según la Oxfam, de los 109 megarricos que hay en América Latina, 22 pertenecen a México (uno de cada cinco mil millonarios) y acumulan una riqueza de 219 mil mdd; el análisis muestra que, a diferencia de otros países donde la lista de los magnates se modifica cada dos o tres años, en México las fortunas no se mueven y, si lo hacen, es por el nombre, pero no de apellido, incluso la Oxfam revela que, en América Latina, la política fiscal recauda poco y profundiza la desigualdad extrema; porque la estructura tributaria “protege a quienes más tienen”.
En México y el mundo, la educación, la organización y lucha social del pueblo trabajador permanece como tarea principal, porque únicamente así podrá alcanzar niveles de vida dignos y con verdadera justicia social, donde las mayorías gocen y disfruten el fruto de su trabajo y no pare en manos de pocos hombres cada vez más ricos y que gradualmente están controlando los destinos de la humanidad. La politización y educación del pueblo trabajador es ya una tarea impostergable para mantener al mundo en paz, con justicia y donde se distribuya equitativamente la riqueza. Por el momento, querido lector, es todo.









