El pasado sábado seis de diciembre hubo una concentración en el Zócalo de la Ciudad de México donde, según la convocatoria, se reunieron para “festejar” siete años de Morena en el poder y para reconocer que ha transcurrido el primer año de gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Su idea sobre el año “exitoso” para la transformación (éxito que no se ve por ningún lado), inició en 2018 con el expresidente Andrés Manuel López Obrador; sin embargo, se evidenció que la concentración fue una reacción “contraofensiva” por las recientes manifestaciones de la Generación Z y las crisis políticas de los últimos días.
El contexto en el que se produce la “celebración” morenista no favorece mucho a la mandataria; más bien es un respiro o una tarjeta navideña para que los mexicanos perciban que el año termina sin sobresaltos de gobernanza, a pesar de que los sucesos recientes incomodaron a la Presidenta y a su gabinete: primero, con el asesinato del Alcalde de Uruapan Carlos Manzo, luego, con las protestas de los productores y campesinos que cerraron carreteras; en días más recientes, con la forzada renuncia de Alejandro Gertz Manero a la Fiscalía General de la República y la imposición de Ernestina Godoy.
Las cosas para Morena y Sheinbaum no son miel sobre hojuelas y lo tienen bien claro. Es muy sabido que los primeros dos años de cualquier sexenio son casi una luna de miel para el presidente, quien no debería preocuparse, pues su “arrollador” triunfo le garantiza estabilidad; luego vienen el tercer, cuarto y unos meses del quinto año, cuando se manifiestan las consecuencias de lo que hizo durante su gobierno; en la recta final del quinto y durante el sexto año de su gobierno, cada presidente se dedica a limpiar la casa y ceder la estafeta a su sucesor. Esto, que no necesariamente debe ser así, hoy preocupa porque, sin pasar la primera etapa de dos años, Sheinbaum ya carga con varios diablitos, con los que comenzará 2026.
En este primer año de su “segundo piso”, Morena ha intentado de todo para conservar el control: modificó la Constitución, se apropió del Poder Judicial, destruyó instituciones y ha usado todo su poder económico y político (con las ayudas y programas sociales) para garantizar su continuidad en el poder.
México no va bien, aunque Sheinbaum haya anunciado que el salario mínimo subirá 13 por ciento, aunque la jornada laboral se reduzca a 40 horas o se repita hasta el cansancio que la economía va bien. Por ejemplo, la creación de empleo, de enero a septiembre, fue la más baja en 10 años; pues se creó 27 por ciento menos empleos formales que el mismo periodo de 2024; en el sector informal se generó un millón 235 mil puestos laborales; además, el Banco de México calcula que el crecimiento económico será de 0.3 por ciento, el Producto Interno Bruto cayó cero por ciento y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía diagnosticó que el desarrollo económico resultó nulo: cero por ciento; a pesar de esto, el gobierno aún difunde que la pobreza disminuyó 13 millones, aunque el dato es incierto debido a la metodología de medición.
El segundo sexenio de Morena se mueve con problemas graves como la violencia, inseguridad, pobreza, insalubridad, mala educación, desempleo y una economía estancada que no vaticina mucho para 2026. Razones y argumentos para la inconformidad social existen, pero también hay una operación de Estado para incrementar la compra de conciencias mediante los programas sociales; pero ahí está el engaño permanente de que la “Cuarta Transformación” (4T) avanza con un gobierno del pueblo que reduce la jornada laboral e incrementa el salario mínimo; cosas que nadie rechaza, pero que la mayoría de los mexicanos no repara en que existe una navaja escondida en el pan: mantenernos controlados, manipulados y evitar inconformidad social.
Ante dos realidades, una que viven 130 millones de mexicanos y otra que cree ver la 4T, deberíamos concluir que el poder real de convocatoria morenista irá menguando y será más difícil en 2026; y entonces no queda más remedio que usar todo el aparato de poder para convocar a concentraciones como la del seis de diciembre. México necesita despertar y cobrar consciencia de su situación, por muy dolorosa que sea. Por el momento, querido lector, es todo.









