Oaxaca.- María tenía 5 meses de edad y Juan 2 años de edad cuando mataron en el 2016 a su padre Francisco Javier. Desde entonces, su madre Jesy de 31 años de edad, y sus abuelos han sido los encargados de su crianza. Historias como la de esta familia son una realidad invisible en Juchitán, Oaxaca donde la orfandad infantil derivada del crimen organizado crece sin estadísticas ni datos oficiales.

Era una noche de octubre, cuando Jesy recibió la noticia de que habían matado a su esposo. Ella tenía 21 años, era muy joven aún. Cargaba en brazos a su pequeña María cuando llegó a la escena del crimen y lo vio lleno de balas, es algo que no olvidará jamás.

Los días transcurrieron y no concibe lo sucedido, y cada vez se preguntaba: ¿De qué voy a vivir?. Ella no trabajaba, el sustento de la casa era su esposo y ya no estaba.

Publicidad

Han pasado 10 años y aunque ya no hay lágrimas, la herida sigue abierta confiesa Jesy, quién aprendió de estilismo para criar a sus hijos. Hoy es una mujer autónoma, que con la ayuda de sus padres logró criarlos en un contexto sano y lleno de libros.

“Mis hijos no saben que mataron a su padre, y eso es doloroso. Sólo les he dicho que falleció cuando ellos eran muy pequeños. Ninguno se acuerda de él. En la escuela luego les preguntan mucho porque no tienen padre. Otros les cuestionan, porque su papá no pasa a recogerlos, es una realidad que no podemos evitar, y duele, porque no hay respuestas”, cuenta.

Agrega, que criar en la orfandad es una sobrevivencia diaria, porque eres tú sola contra el mundo, te llegan los recuerdos, maldices también y tienes que salir adelante, pues los hijos no te preguntan sí tienes o no, ellos comen, se visten, van a la escuela y son niñas y niños en crecimiento.

“Yo, no sé qué haría sin mis padres, ellos fueron quienes me sostuvieron, y siguen sosteniéndome, porque para las autoridades ni siquiera estadísticas somos, cuándo la realidad es que sí somos víctimas indirectas de toda esta violencia”, asegura.

También reconoce, que el daño emocional es fuerte. En su caso, concebir que se había quedado sola y criar a dos menores de edad le costó depresión, ansiedad y estrés postraumático.

“El que te maten a tu esposo, y te quedes a la crianza de la noche a la mañana no es nada fácil, o al menos para mí no lo ha sido, y más cuando te das cuenta que la violencia no se detiene, los homicidios, y bueno, también los feminicidios siguen”, agrega.

Confiesa que la ayuda psicológica la salvó, pues al caer en depresión, todo se olvidó para ella, inclusive sus hijos.

Señala, que su propuesta como víctima colateral, cómo mujer autónoma y con hijos huérfanos de padre, es que exista atención desde la raíz, es decir, que las mujeres sientan el acompañamiento, la contención psicológica, que existan círculos y redes de apoyo entre mujeres, porque sólo así una no se siente sola y abandonada.

“Cuando matan a un hombre y vemos en la escena del crimen que llegan los familiares, la esposa y los hijos, de inmediato imagino que esa mujer y los menores requieren de muchos abrazos, de mucha armonía, de un contexto seguro, pero difícilmente lo hay, creo que eso le falta al estado colaborar, crear espacios sanos para esos niños que perdieron y les arrebataron a su papá o mamá, urge esas atenciones”, reafirma.

La historia sigue repitiéndose

Y es que la violencia no cesa en esta ciudad oaxaqueña. El año pasado -2025- registró 88 homicidios dolosos, y en lo que va del 2026, suman más de 40 crímenes, sin que los operativos de justicia o los programas de seguridad, como “Juchitán Seguro” implementadas por las autoridades detengan las agresiones violentas.

Luis de 12 años de edad también es huérfano. A su padre lo mataron el año pasado mientras manejaba una mototaxi. El y su madre emigraron, y desde una ciudad, que por seguridad omitieron su nombre, han tratado de reconstruir su vida lejos de sus seres queridos, pues aseguran que vivir en Juchitán, Oaxaca- considerada la quinta ciudad más violenta del país- ya no es vida.

“Allá yo vendía antojitos tradicional, pero tuvimos que salir, porque mi hijo le afectaba ver a las mototaxis, saber de la inseguridad, ver por las redes sociales, que ya habían matado a otra persona, y así sucesivamente, todos estos hechos me hicieron emigrar, y no debería, pero no hay apoyo del estado, mataron a mi esposo y ahí dejé de existir, al contrario me juzgaron y demás”, señala.

Martha, quién ha buscado un refugio seguro para ella y su hijo confiesa, que los daños han sido fuertes, su hijo vive en constante estrés, ansiedad, y también depresión, duerme poco y tiene deseos de venganza, pero con la ayuda psiquiátrica y emocional ha podido sobrevivir.

“Acá ya no vivimos, sobrevivimos, pero también reconozco que salirme de Juchitán ha sido lo mejor, allá mi hijo quién sabe dónde andaría, porque las amistades, la zona donde vivimos, que es la novena sección cuenta también, ahí han asesinado a muchas personas”, dice.

No nos cuentan

A pesar de qué en Oaxaca, se han impulsado reformas para crear un registro estatal de niños y adolescentes en orfandad por el asesinato de sus padres, tal y como lo indica la Ley Estatal de Victimas, la realidad es que ni María, ni Juan ni Luis tienen y ni han tenido un acompañamiento psicosocial ni económica del estado, por ser victimas indirectas.

En entrevista con Eduardo Vila, Comisionado Estatal de Víctimas del Estado de Oaxaca, reconoce que no hay un programa de seguimiento de atención a las infancias en orfandad, y actualmente lo están realizando de manera conjunta con dependencias del estado como la Secretaria de la Mujer es crear un registro de hijas e hijos víctimas de feminicidios en la entidad, y brindarles ayuda.

Datos de la Fiscalía General del Estado de Oaxaca (FGEO) detallan que en la entidad, hasta el 2021 había 39 menores de edad considerados como víctimas indirectas de feminicidio, de los cuales, 20 son hombres y 19, mujeres, sin embargo, en la actualidad no hay cifras actualizadas ni tampoco un apoyo integral para las infancias huérfanas.

La prevención ante la violencia extrema que viven las infancias

Ansiedad, depresión, insomnio, falta de apetito, irá, bajo rendimiento escolar y comportamientos agresivos son algunos de los síntomas que viven las infancias como víctimas indirectas, asegura Claudia Valeria Hernández Esteva, coordinadora del Centro de Atención a la Mujer Istmeña (CAMI).

Cómo experta en el tema de la contención y acompañamiento a víctimas de la violencia asegura que las niñas y los niños están cada vez más conviviendo con contextos violentos, lo cual es un factor de riesgo social.

Apenas, hace quince días, las autoridades de justicia de Oaxaca informaron que en Juchitán, las niñas, niños y adolescentes han sido reclutados por el crimen organizado para participar en tareas como halconeo, venta de drogas, sicariato, o cuidado de casas de seguridad.

Cómo coordinadora del CAMI señala que sí han brindado acompañamiento psicológico a hijas e hijos de padres que han sido asesinados, y su realidad es de extrema violencia.

A la semana, unas 40 personas, entre mujeres e infantes visitan este espacio de acompañamiento legal y terapéutico, y la respuesta es que están viviendo violencia desde física, psicológica y sexual.

“Las madres llegan con sus hijos diciendo que tienen bajo rendimiento escolar, y cuando descubrimos la raiz, es violencia, entonces vamos entendiendo que muchas y muchos de ellos son huerfanos de padres y otros de violencia sexual o bullying escolar, muchas veces las mamás trabajan y son las abuelas las que los crían, entonces es un circulo de la violencia que sigue imperando”, asegura.

En el CAMI el servicio que se brinda es integral, desde trabajo social, acompañamiento psicológico y legal, y no solo para la sociedad de Juchitán, Oaxaca si no de pueblos y comunidades vecinas.

Claudia reconoce que la única alternativa para detener la violencia, es la prevención, y por eso han recorrido y siguen visitando escuelas, firmando convenios de colaboración, para hacer entender a las y los menores que la violencia simplemente destruye familias y sociedades.

“Hemos normalizado la violencia, y en efecto, no hay una estadística de las y los niños que viven la orfandad, es una situación que es real en nuestro Juchitán, y para cambiarlo, solo una sociedad organizada y qué en verdad piense, que nuestras infancias ya no son el futuro, si no el presente”, concluye.